Aprendiendo a cantar con el cuerpo. Memoria de La Serva Padrona

Miranda Meléndez, Keneth Llanas y Fernando Sainz en escena (2025)

Por: Fernando Sainz Moreno Fotografia: Sofia Salgado

El desempeñar un papel tan ambiguo dentro del cuerpo creativo de este montaje operististico, como actor, escenógrafo, vestuarista, marketing, utilería, todo excepto el de cantante. Al interpretar a Vespone el criado mudo. Me representa una gran ironía y a la vez un reto entrañable el “cantar con el cuerpo”.

Esta obra ha implicado un esfuerzo de aproximadamente un año de montaje y acondicionamiento músico–actoral, a cargo del director de la compañía, Jorge Folguería. También contamos con la dirección musical y artística del maestro Miguel Ángel Cuevas.
El diseño escénico, lumínico y de vestuario estuvo a cargo de mis colegas artistas plásticos y grandes amigos Jovanny Becerra y Ezequiel Ruiz, quienes cuentan con trayectoria internacional en el performance y las artes escénicas.     El elenco está conformado por la cantante soprano Miranda Meléndez, que interpreta a la protagonista Serpina, una sirvienta que se ha cansado de su rol y busca empoderarse para ser ahora quien tome las decisiones de la casa.
El cantante bajo Kenneth Llanas interpreta a Uberto, el patrón de la casa, un hombre flemático que no para de hacer corajes con la obstinación de su criada y la torpeza de su mozo.
Yo interpreto a Vespone, el criado mudo que funciona como un respiro cómico, cargando con el peso de aligerar las situaciones melodramáticas. Para mí ha sido bastante divertido, pues he tenido que trabajar a partir de gestos y acciones enfocadas a la musicalidad y la exageración de la farsa.

Miranda Meléndez y Keneth Llanas en escena 2025

Este es un abordaje escénico de la ópera bufa La Serva Padrona de Giovanni Battista Pergolesi.
A partir de ahí comenzó un proceso técnico y también profundamente humano. Poco a poco, sin darnos cuenta, la obra empezó a habitar nuestros cuerpos. La repetición se volvió rito y el error, maestro. Hubo días en los que el cansancio nos hacía dudar, pero bastaba una acción buena o un guiño serendípico para recordar por qué estábamos ahí. Cada avance, por pequeño que fuera, lo celebramos en complicidad.

En mi caso, descubrir a Vespone fue aprender a callar de otra manera. A decir sin palabras. A escuchar con el cuerpo completo. Encontrar el ritmo del gesto, el peso exacto de cada torpeza, el momento preciso para provocar la risa fue un trabajo de paciencia y entrega. Me di cuenta de que el silencio también canta, y que la comicidad nace cuando el cuerpo se vuelve honesto y se deja entregar por la sinergia con sus compañeros, entregándonos al juego. Como nos decía constantemente nuestro director “¡A gozar!”

Keneth Llanas y Fernando Sainz en escena (2025)

El día del estreno llegó como llegan los días importantes: de golpe. Los compañeros calentando la voz, el murmurar del público filtrándose desde los asientos. Ese instante antes de salir a escena, me palpitaba el alma, siempre tiembla. Entonces Uberto grita: “¡Serpinaaaaaaaa! y yo entro a escena. Todo encuentra su lugar.
Durante la temporada, cada función fue distinta. Aunque la partitura fuera la misma, la expectativa del público creaba la escena. Hubo risas que llegaban antes de tiempo, silencios que pesaban como mares. Recuerdo funciones en las que sentí que Vespone flotaba, que el cuerpo se movía solo, improvise varias acciones en distintas funciones y fueron bien recibidas por el público y el cuerpo creativo, esas acciones las sentía guiadas por algo más grande que el pensamiento, el solo gozar el juego, encarnar otra vida. En otros momentos en cambio, fueron de resistencia, de sostener la obra a puro oficio, como se tenía pautado y rigurosamente ensayado durante casi un año y sobre todo de compañerismo.

Uno de los recuerdos más bonitos que me llevo es escuchar las risas abiertas y las carcajadas contenidas. Sentir que la farsa tocaba a todos en distintos sentidos. Al final de cada función, el aplauso llegaba como una brasa que daba su último calor después de una gran fogata y que al extinguirse nos regresaba al presente. Nos mirábamos frente al público con los ojos deslumbrados y la frente sudada, agradecidos terminando en reverencia.
Hoy entiendo que esta obra se montó en nuestros cuerpos, en nuestra amistad, en nuestras rutinas, en nuestras dudas. La Serva Padrona nos atravesó como aprendizaje, como juego y como responsabilidad.
Vespone se queda conmigo como un recordatorio humilde: incluso en el silencio, cuando parece que no se dice nada, siempre hay algo profundo comunicándose.

Equipo creativo de La Serva Patrona festejando la última función de la temporada 2025 en Facultad de Artes UABC.